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Cesar Calvo Soriano

Posted on: 3 mayo, 2009

CÉSAR CALVO SORIANO
Título: Amazónico 1940 – 2000: Poeta y seductor 1940 – 2000

Autor: Calvo Soriano; César

Descripción:

César Calvo Soreano, miembro de la generación del 60. Es autor de: Los lobos aullan contra Bulgaria (1990) Puerta de Viaje (poemas, con José Pavletich , 1989) Las tres mitades de Ino Moxo y otros brujos de la Amazonía (novela, 1981) Pedestal para nadie (1975) El cetro de los jóvenes (1967) Cancionario (1967) Poemas bajo tierra (1965) Ausencias y retardos (1963) Poemas y canciones, disco grabado con Reynaldo Naranjo y el acompañamiento en guitarra de Carlos Hayre César Calvo fue un hombre nacido para la poesía. Desde sus primeros años en Iquitos, ya esbozaba proyectos literarios. Tanto el como los otros de su generación asumían la poesía como un compromiso. Considerado como uno de los mejores escritores hispanoamericanos, fallece repentinamente el 18 de agosto del 2000, casi al término de su último ensayo poético Edipo entre los Inkas, que fuera publicado póstumamente en tres tomos por el Congreso de la República del Perú en el 2001.

Sus palabras “Creo firmemente en el advenimiento de un mundo justo y digno, sin explotadores, sin hambre, sin penumbras.

Un mundo donde se enseñe, como dice Pablo Vitali, donde se enseñe a nuestros hijos que es más importante tener un amigo y no un televisor, tener una conciencia limpia y no un automóvil último modelo. Donde se enseñe que las cosas son verdaderamente nuestras solamente cuando son compartidas, sólo cuando no han nacido de las hambres ajenas, de las penurias ajenas, sino de las mutuas alegrías y los empeños generosos. Y creo que ese mundo lo haremos ahora, y lo haremos con armas invencibles, escribiendo y amando, y cantando. Y lo haremos aquí, en esta tierra dura, y no en algún sedoso paraíso celestial (tan peligroso, a estas alturas de la ciencia, tan colmado de asteroides en vez de ángeles). Mis primeros versos, por ejemplo, no eran míos.

Por eso creo firmemente en la poesía. Mis primeros versos los escribí a los doce años y eran plagios de José María Eguren. Poco después de descubrir a Eguren y a Vallejo (cuyos libros me fueron obsequiados por mi madre, quien tuvo que ayunar para comprarlos), poco después, digo, tuve que echar por la borda una magnífica carrera de plagiario, por culpa de mi abuelo. Fue la tarde en que descubrí su cabeza, blanca, sobre la almohada consagrada a sus siestas de verano. Me dio una pena horrenda verlo así, canoso, abandonado al sueño, indefenso, supongo que ante el tiempo, y me fui a esconder en la azotea conteniendo las lágrimas. Allí, avergonzado y solo, contemplando un paisaje de techos ruinosos, escribí a mi abuelo una larga carta pidiéndole que no envejezca, ¡y vaya a saberse por qué tuve que redactar aquella carta en verso! Creo que así comenzó todo”. (Lima, Instituto Italiano de Cultura, 1974)

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